14 Ago El ritual del arroz meloso, donde Italia se asoma al Mediterráneo
El ritual del arroz meloso, donde Italia se asoma al Mediterráneo
Hay un instante, justo cuando la cuchara hunde en el arroz y lo aparta con suavidad, en el que un buen arroz meloso deja de ser un plato y se convierte en un ritual. Es el momento de comprobar la textura: el grano a medio camino entre la firmeza y la crema, el caldo que no es líquido ni espeso, todo sosteniéndose sin rigidez. Ese instante no se improvisa. Se espera.
Quien llega a Va Bene esperando solo pizza y pasta suele llevarse una sorpresa. En la carta conviven dos tradiciones que, en el fondo, comparten despensa: la italiana y la mediterránea. Y de ese cruce nace una de las secciones más personales del restaurante, los arroces melosos y risottos. La casa lo resume en una frase: un arroz tradicional con influencia italiana. Dicho así suena sencillo. Llevado al plato, es otra cosa.
Cuatro arroces, cuatro maneras de contar el mar
La carta no alarga la lista hasta el infinito. Propone cuatro arroces melosos y se detiene ahí, porque cada uno tiene un porqué.
El de sepionet y tinta de calamar es el más rotundo: el fondo marino de la tinta tira del grano y le da ese color profundo que ya anuncia sabor antes de probarlo. El de verduras de temporada con pollo cambia de registro y se apoya en lo que toca según la época, en un guiño a la cocina de mercado que no disfraza el producto. El funghi porcini trae el acento italiano más evidente: tierra, bosque y esa untuosidad que solo dan los hongos secos rehidratados con calma. Y el frutti di mare cierra el círculo devolviéndolo al Mediterráneo, con el marisco repartido por el arroz en lugar de coronarlo como adorno.
Ninguno se sirve al minuto. Y esa es exactamente la idea.
La paciencia es parte del plato
El arroz meloso no se puede apurar. Quien lo pide acepta, sin decirlo, que la comida va a marcar el ritmo de la mesa y no al revés. Mientras el grano suelta almidón y el caldo se integra poco a poco, la conversación avanza, se pide otra copa, se mira el entorno. El arroz se hace mientras la sobremesa empieza a asomarse.
Es un plato que se comparte, y eso también forma parte del ritual. No se come con la prisa de una pizza para llevar. Se reparte, se raspa el fondo de la paellera, se comenta si está más meloso o más suelto. Es una comida que pide compañía.
Entre jardines, en el centro de una ciudad que vive mirando al mar
Benidorm es una ciudad que no entiende de interiores: aquí todo ocurre cerca del agua. Y aunque Va Bene Centro está en pleno casco urbano, la experiencia tiene poco de urbana. La terraza ajardinada convierte la comida en algo que sucede entre plantas, al aire libre, con el trasiego de la ciudad quedando fuera. Es el escenario justo para un plato que pide tiempo y calma.
No hace falta estar en primera línea de playa para sentir el Mediterráneo en la mesa. Basta con que el arroz hable del mar —la tinta, el marisco, la sal que se adivina sin ser protagonista— y con que el entorno invite a quedarse. En el fondo, el ritual del arroz meloso no es geográfico. Es una cuestión de actitud: sentarse sin reloj, pedir sin prisa y dejar que el plato marque los tiempos.
Un final sin prisa
Después del arroz, lo natural es no correr. Un postre casero —la panna cotta con coulis de mango, la crema catalana— y un café alargan la sobremesa sin esfuerzo. Porque un arroz meloso bien hecho no se olvida al pagar la cuenta; se recuerda unos días después, cuando la memoria recupera esa textura y vuelve el deseo de repetir.
Esa es, al final, la gracia del ritual: no es la cantidad de platos ni la puesta en escena. Es el tiempo que uno se regala para comer despacio, junto a alguien, con un arroz que se ha tomado su tiempo para llegar a la mesa.